Golpe de humildad
- regulogonzalez1

- 23 feb 2023
- 6 Min. de lectura
A veces creemos que los alimentos que llegan a nuestra mesa solo se compran y ya pero no nos damos cuenta que se necesita experiencia, tiempo y esfuerzo de muchas personas para que lleguen a nuestro plato.

Existe una tendencia sobre lo que nos mantiene humildes haciendo referencia a cosas chuscas que nos han pasado y nos han avergonzado forzándonos a no ser alzados ni creídos. Les quiero compartir algo que no fue chusco ni vergonzoso pero que me obligó a cambiar mi forma de pensar la vida, ser agradecido y a generar empatía.
Siempre fui hijo de familia dedicado al estudio, actividades extra escuela y en casa a hacer tarea para tener buenas calificaciones. Mis actividades más “pesadas” eran los fines de semana ayudar a podar el pasto, barrer el patio y ayudar en casa con las tareas del hogar, nada del otro mundo, pero que yo sentía que era explotación infantil por parte de mis padres (ridículo).
A los catorce años, en plena adolescencia y rebeldía que las propias hormonas nos generan, recuerdo que pasé con mi papá por el campo en tiempo de la pisca de maíz para revisar sus terrenos y ver si el mediero (persona que se dedica a trabajar terrenos ajenos y recibe como pago la mitad de la cosecha) ya había tumbado la milpa y en el trayecto vimos a unas personas trabajando en un terreno bajo el rayo del sol piscando.
Les mentiría si les digo que recuerdo exactamente la conversación que tuvimos ese día mi padre y yo, pero lo que sí recuerdo fue que hice algunos comentarios que minimizaban el trabajo del campesino y decía que era muy fácil su chamba. Mi papá me dijo con toda la experiencia de haber trabajado el campo en su juventud que el campo era muy pesado y absorbente, yo por supuesto, decía que exageraba, que era una simple actividad más que cualquiera podría hacer. Grave error.
Mi papá notó la displicencia en mi tono y la soberbia de mis palabras. Quiso hacerme recapacitar explicándome lo que implicaba el trabajo del campo, los sacrificios que hacían los campesinos y que en muchas ocasiones los réditos de su trabajo no eran suficientes para cubrir los gastos y mejorar sus condiciones familiares y de vida. Rematé con un “pues es que no le apuran, yo ya habría acabado”.
Solo escuché “¿Ah sí?” cuando ya estaba tomando su celular para hablarle al mediero y pedirle que se encargara de todos los terrenos menos uno cerca de casa porque nosotros nos haríamos cargo de todo el proceso productivo del maíz para ese año, lo único que le pidió fue que pudiera surcarlo y dejarlo listo para que nosotros lo sembrásemos. Pasaron unos meses y aunque a mí ya se me había olvidado ese tema, mi papá tenía muy presente la lección que me haría aprender por mi soberbia y falta de humildad ante lo que no conocía.
Un fin de semana, como a las 5:30 a.m. me despertó diciéndome que nos iríamos a sembrar el terreno. Con pesar me levanté, me cambié y me subí al carro. Me preguntó que si llevaba sombrero y le dije que para qué si todavía era de noche y no hacía calor (pensando que sería cosa de una hora el proceso de siembra), no me dijo nada y nos encaminamos al terreno. Una vez ahí sacó de la cajuela dos pequeños morrales confeccionados por mi mamá donde metió los granos de maíz, me entregó mi pala derecha y me explicó una vez cómo debía sembrar: “Con la pala abres la tierra a unos 5 cm y pones de a 3 maíces por agujero, tapas con la misma pala, avanzas un paso y repites el proceso. Tú agárrate éste surco y yo el otro y así hasta que acabemos.”
El ejemplo de cómo hacerlo me pareció bastante sencillo para ser sinceros, solo que no contaba con que a las 6 a.m. hacía mucho frío y el metal helado de la pala provocaba que mis manos se entumecieran haciendo difícil maniobrarla, sentir mis dedos de la otra mano para agarrar los maíces y depositarlos en el pequeño agujero era complicado pero emprendí la tarea. El primer surco fue de adaptación y me costó agarrar ritmo.
Yo vi que empezamos iguales mi papá y yo cuando en cuestión de unos 10 minutos ya me sacaba un par de metros, luego la mitad y después un surco completo. No comprendía cómo es que podía sembrar tan rápido si teníamos la misma herramienta. Solo veía sus manos mover la pala con mucha destreza y la coordinación de la otra para aventar los maíces con tal precisión que todos caían en el agujero sin ningún problema. En mi caso aventaba los maíces y unos rebotaban en la pala provocando que me detuviera a agacharme, recogerlos y echarlos uno por uno al agujero.
¿Recuerdan que no me llevé sombrero? Pues después de un par de horas ya estaba mentando madres por no haberlo hecho. El sol me quemaba mi cabeza, sentía mis brazos entumidos de los dedos y empezaba a ponerme de malas porque cada que nos encontrábamos mi papá y yo a la misma altura pero en diferente surco, no paraba de decirme cosas como “apúrale cabrón, ¿no que era muy fácil?”, “Chíngale que es para hoy”, “lo bueno es que no iba a hacer sol”, etc. Pero tragándome mi orgullo no pronuncié ni una sola palabra en queja o reclamo. Sabía que había abierto la boca meses antes diciendo que era fácil el trabajo del campo y estaba determinado a probárselo (jaja, todo tonto yo).
Terminamos de sembrar y regresamos a casa. Yo estaba cansado, asoleado y de malas pero no dije nada. Tenía unas ojeras que se me salían de la cara (dice mi papá) y me fui a recostar. Para mi sorpresa mi padre me levantó para que hiciéramos todas las actividades de los fines de semana en el jardín. Nuevamente no dije nada y solo me levanté a hacer lo que me correspondía lo más rápido posible para poder descansar.
Una vez que nace la milpa y alcanza unos 20 centímetros de alto era momento de asegundar. Normalmente ese proceso lo hace el tractor, pero la lección tenía que estar bien aprendida y mi padre quiso que lo hiciéramos con azadón. Nuevamente la instrucción fue dada una sola vez y por supuesto que me volvió a dar la vuelta como en la sembrada y una repasada cada que estábamos a la misma altura. Así aconteció con cada actividad dentro del proceso productivo del maíz.
Me encomendó deshierbar a fin de que no naciera tanta hierba invasora del maíz que al crecer produce bolitas espinosas y cuando se secan es bastante incómoda si se te pega en la ropa. Fuimos a abonar la milpa, a tumbarla con machete, a piscar y a recoger el zacate. Cada fin de semana ya se volvía un martirio para mí levantarme temprano y tener que ir al terreno a trabajar. Incluso mi madre le pidió a mi papá que ya me dejara de llevar porque veía lo agotado que llegaba sin tener necesidad de trabajar el campo. Mi papá fue firme en su decisión e hizo caso omiso de la petición.
El trabajo duro da buenos frutos, llegado el momento en que estaban listos los elotes para cosechar mi papá me dijo que tenía pensado hacer una elotiza para invitar a sus amigos del trabajo ya que se nos había dado una cosecha abundante con elotes grandes y bastante huitlacoche. Más tardó en mencionarlo que en lo que yo respondí todo enojado que esos elotes no se tocaban. Me habían costado demasiado como para que los fueran a disfrutar otras personas y si alguien se iba a comer esos elotes sería yo. Solo le dio risa a mi papá pero aceptó que no se hiciera elotiza fuera de nosotros como familia, por lo menos de ese terreno.
En cada proceso siempre había regaños de que lo hacía mal al principio y me tardaba mucho en terminar la parte que me tocaba. Cuando llegó el momento de tumbar la milpa y hacer los montones que parecen tipis de los indios empecé bien emocionado a tumbar todas las milpas para después hacer el montón como los hacía mi papá. Se me cayó como 5 veces y mi papá solo reía. Después de disfrutar verme sufrir por unos minutos llegó a decirme que debía dejar sin tumbar algunas milpas y tenía que amarrarlas de las puntas para que no se cayeran. Enojado le dije “¡pues eso dime!” a lo que él respondió “si no sabes cómo se hace, primero pregunta y no te avientes a lo tonto”.
Esa temporada mi percepción con respecto al campo cambió por completo. Entendí que la actividad agrícola es pesada y que tiene su chiste en cómo hacerlo. Hoy le tengo respeto al campo y sobre todo a quienes se dedican todos los días a trabajarlo. A veces creemos que los alimentos que llegan a nuestra mesa solo se compran y ya pero no nos damos cuenta que se necesita experiencia, tiempo y esfuerzo de muchas personas para que lleguen a nuestro plato.
Hoy entiendo que hace falta mucho apoyo al campo y sobre todo a los pequeños productores que no cuentan con el recurso para rentar maquinaria, comprar fertilizante o tener apoyo de los gobiernos cuando las inclemencias del tiempo como heladas, tormentas o sequías no permiten que se tenga una buena producción y solo generan pérdidas económicas. Incluso cuando se tiene una cosecha favorable, se enfrentan a que el costo del maíz es muy bajo y terminan sin ver ganancias que les permitan mejorar sus condiciones laborales y de vida.
Por.




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