Un abrazo hasta el cielo.
- regulogonzalez1

- 13 ene 2023
- 9 Min. de lectura
Debemos dejar la inercia que nos indica lo social y volver a enfocarnos en lo que verdaderamente importa y tiene valor como la familia y las personas que amamos.

Hace poco volví a viajar en autobús y es toda una experiencia cuando le prestas atención. Lamentablemente, el viaje fue por causas de fuerza mayor siendo el destino Yuriria, Guanajuato.
Me parecieron bastante interesantes todas las dinámicas y lo que involucra la necesidad de viajar. Nosotros, mi madre y yo, por ejemplo, viajamos de la central camionera de Tlaxcala a la CAPU en Puebla. Posteriormente tomamos un autobús a Celaya, Guanajuato, y de ahí otro más a Yuriria.
Me puse a analizar el trayecto de Tlaxcala a Puebla y resultó bastante cotidiano una, porque era el trayecto que tomaba cuando iba a la universidad y, aparte, por ser distancias cortas, las personas también tenían una cara de estar haciendo algo rutinario.
La cosa cambió cuando llegamos a la CAPU. Muchísima gente con diferentes rostros y semblantes. Aprovechamos para comprar unos panqués de nuez y unos garibaldis en "El Globo" los cuales serían nuestro refrigerio para el camino.
En nuestro camión iba un grupo de hombres de unos 26 a 32 años. La plática que tenían revelaba que viajaban al norte para emprender su viaje "al otro lado", algunos de ellos estaban en llamadas con sus familias diciendo que ya estaban abordando el camión y que se comunicarían al llegar a Culiacán.
Por un momento me sentí aliviado de contar con techo, comida y un trabajo que me permite cubrir mis necesidades y poder además emprender para crecer en todo sentido. Sentí un poco de pena por lo que sé que van a vivir esos migrantes al llegar a su destino... si es que llegan.
Me tranquilizó la idea de que el viaje y proceso de llegada lo hicieran de manera legal y no con un pollero atravesando el desierto y poniendo en riesgo su vida. Ojalá pudieran estar esperándolos con un camión a sus destinos de trabajo y tengan un espacio donde dormir, cocinar y bañarse.
Mi viaje era distinto. Yo acompañaba a mi primer amor, mi madre, a despedir al suyo, su padre. Un semblante triste y desencajado que, a ratos, cuando se acordaba del por qué viajábamos, derramaba unas cuantas lágrimas y sollozaba. Se me partía el corazón al verla así, pero estaba en ese viaje para ser un soporte y que no se terminara de quebrar emocionalmente.
Decidí dejarme absorber por el viaje y admirar paisajes por un rato, ver redes sociales por otro y aprovechar los títulos de películas que ofrecía la línea de autobuses, cosa que al final disfruté pues tenía tiempo que no iba al cine o veía películas "recientes", aunque realmente lo que quería era hablar con mi madre y decir muchas cosas que calmaran su corazón. Rentablemente, aunque no soy malo expresándome, las palabras no me salían y ella estaba ensimismada viendo los paisajes pasar por la ventana.
Gracias a Dios tengo a mis padres a mi lado. Mi madre sufrió hace 7 años un derrame cerebral que la cambió por
completo y que está viva de milagro. Recuerdo que en esos días en el hospital fueron horribles y la sola idea de que ella pudiera dejar de existir dolía y lastimaba de una manera que no podría describir.
Entender eso y saber que ella estaba lidiando ahora con la realidad de la muerte de su padre me hacía inhibirme en cuanto a lo que pudiera decir para hacerla sentir bien, pues yo sé que no hay palabras que te puedan cambiar el estado de ánimo, aunque sé que la presencia de las personas que amas a tu lado ayudan mucho más aunque no se diga nada. Por ello, solo le tomaba la mano de vez en cuando, la abrazaba y daba un beso y le recordaba lo mucho que la amo.
En un momento volteó a ver la pantalla de mi asiento y le pregunté si quería ver algo en la suya. Me dijo que sí pero que había perdido sus audífonos en el baño antes de abordar el camión. Le di los míos y yo me puse a escuchar música mientras ella veía la película que había elegido. Lo que fuera con tal de distraerla.
Llegamos a Celaya a las 4:10 y nuestro camión a Yuriria salía a las 4:30. Mi mamá se sorprendió cuando le pregunté si quería unos tacos de canasta y me dijo que de dónde los iba a sacar. Un carrito ambulante tenía un letrero enorme promocionándolos y solo se rio al darse cuenta que la influencia gastronómica de Tlaxcala había alcanzado sus originarios rumbos.
No quiso comer. Solo sacó su segundo panqué de nuez que compramos desde Puebla y lo iba comiendo discretamente de camino a nuestro destino final.
En ese camión, uno parecido al de Tlaxcala a Puebla por el tiempo de trayecto y la rutina, se podía apreciar en el rostro de los pasajeros una cotidianidad y monotonía muy familiares, lo único que era diferente era el acento con el que habla la gente del bajío.
En el trayecto mi madre me preguntó qué debía decir a sus familiares. Imagino que estaba en la misma situación en la que yo me encontraba con ella sin saber qué combinación de palabras usar para hacer sentir mejor a la otra persona, pero con el dolor propio de la pérdida de su padre. Di mi opinión al respecto y solo asintió con gesto de aprobación y siguió comiendo su panqué.
Notaba tal vez la angustia o inquietud de saber que nos acercábamos a su tierra natal, no imagino qué cosas pasaban por su mente, qué recuerdos la embargaban o qué emociones estaba experimentando, definitivamente no serían placenteras.
Ocurrió a unos veinte minutos de llegar que le enseñé un reel sobre fortaleza, sabiduría y amor de Dios. Después de unos minutos me comentó que siempre le pedía a Dios que cuidara de los enfermos y que no le cumplió porque había muerto su padre, para posteriormente sollozar en lo bajito.
Instantáneamente me trasladé al Hospital Ángeles en Puebla donde ella estaba internada antes de ser operada por el derrame cerebral que tuvo. Yo también increpé a Dios y le reclamé por tener a mi madre en esa situación. Lo insulté y ofendí diciendo que era un Dios insensible por querer arrebatarme a mi madre.
Entendiendo ese sentimiento y también entendiendo un poco más de cuestiones espirituales y de Dios, traté de dar consuelo a mi madre con algunas palabras para que mermara su tristeza y al parecer funcionó. Sin pensar qué decir y solo dejando que el corazón guiara mi voz.
En Salvatierra noté su mirada perdida en la ventana y sus ojos comenzaron a aguarse sin que las lágrimas brotaran. Me mostró los puestos de camote, cacahuates y garbanzos donde siempre que visitamos hacemos parada para degustarlos.
Llegamos a Yuriria y la nostalgia de regresar en condiciones tan tristes fue inevitable de sentirla a flor de piel. Al caminar en la calle La Dalia y entrar a la casa donde habría vivido mi abuelo fue complicado y el momento de enfrentarse a la caja con el cuerpo siempre termina destrozando cualquier compostura que se quiera tener.
Una amiga de mi madre que se encontraba presente y con quien platiqué alguna ocasión por redes sociales me dijo algo muy cierto: lamentablemente gran parte de la familia se reúne en estas condiciones. Y es cierto, casi nada se puede rescatar de la pérdida y el dolor de la muerte de un ser, sin embargo, algo que permite es poder platicar con viejas amistades y familiares que hacía mucho tiempo no se frecuentaban.
Dentro de la pena que embarga a los corazones en esos momentos hay destellos de alegría y felicidad por los reencuentros forzados a causa de la muerte.
Como en todo velorio, las dinámicas son siempre de repartir café, atole y pan a los asistentes que se dan un tiempo de acompañar a la familia en la última morada del ser querido. Algunos amigos ejerciendo su papel se aperciben para tratar de dar consuelo y que los familiares puedan tener un rato de distracción y no todo el tiempo estar en pena.
Con el pasar de las horas se va yendo la gente y van quedando solo familiares más cercanos. Esposa, hermanas, hijas, hijos, nietas, nietos, bisnietos y, por supuesto, sus mascotas.
Pelusa, la gatita que a dicho de mis tías pasaba tiempo con el abuelo y Snowy, una chihuahua que era su fiel seguidora. Es increíble cómo los animales sienten la pérdida porque podría asegurar que tanto la gatita como la perrita tenían una cara desencajada, la chihuahua incluso parecía que lloraba cuando una de mis tías la cargó sobre la caja para ver el cuerpo y se despidiera de su amo.
Por otro lado, la historia que tal vez sea la que más me compunge, además de la de mi madre, es la de mi abuelita quien desde sus catorce años estuvo a lado de quien fuera su esposo durante sesentaiseis años. Al final, con altas y bajas como todas las parejas, quedará un vacío irreparable en su vida donde eventualmente quedará vivo en el recuerdo y la memoria.
Un semblante estoico y como en estado de shock. Pretendiendo que todo está normal y buscando atender a su gente para que coma, beba algo o esté a gusto a pesar de todo lo que acontece a su alrededor. El modo automático que activamos cuando no queremos quebrarnos o vernos derrotados porque sabemos que nada en un buen tiempo podrá recomponernos y pensamos que ese no es momento de dejar que se apodere de nosotros.
Al escuchar platicar a uno de mis tíos mencionaba que mi abuelo estaba listo para este momento. Alcanzó a pasar las fechas navideñas, año nuevo y día de reyes con su gente y con los que más amó. A pesar de que, seguramente, el médico le habría dicho que debía revisar su marca pasos y poner atención en su dieta.
Terco como era, ya no dejaba que entraran con él al doctor cuando iba a revisión. Imagino que después de la experiencia que tuvo cuando le dio el primer infarto y estuvo en el hospital lejos de casa hace unos siete u ocho años no quiso preocupar o propiciar que sus hijos lo llevaran a internar y correr el riesgo de fenecer lejos de casa.
Sin embargo, alcanzó a mencionar a su hijo mayor el orgullo que sentía por todos sus hijos y el gusto de haber completado su último sueño al escribir la crónica de la administración cuando fue presidente municipal de Yuriria hacia 50 años en 1972 y poderla publicar días antes de partir con el creador.
Algo que reconozco es que en todos sus hijos se sembró el valor de la familia. A entender de cada uno y de forma distinta tal vez, pero el que todos los hijos se encontraran despidiendo a su padre en su última morada para mí es algo significativo.
La hora final se acercaba y el ambiente se ponía cada vez más tenso. Todos sabemos que llegado el momento de partir al templo y posteriormente al campo santo es lo más duro y donde los corazones terminan quebrantándose.
Todos con atuendo de luto, semblante serio, miradas perdidas y suspiros contenidos. Todos preparándose mentalmente para lo que estaba por seguir.
Entre la prisa por llegar a tiempo a la iglesia, dejar todo arreglado y trasladar el cuerpo del lugar donde fue velado a la carroza fúnebre, todos tomamos un tiempo para ver el rostro del profesor Jesús Domínguez Aranda por última vez. Entre nietos, yernos e hijos cargamos el ataúd al vehículo.
Inevitablemente, el semblante de los más cercanos a él se quebrantó y comenzaron los llantos más dolorosos que pueden existir.
La celebración eucarística para dar cumplimiento a su fe significó otra lluvia de escenas tristes pues estaban reunidos familiares, amigos y personas que seguramente apreciaban de alguna forma al abuelo.
Sin duda alguna el coro de la iglesia comenzaba a desmoronar la dureza de los corazones y una vez acabada la labor del sacerdote, quien siguiera los pasos de mi abuelo en la docencia brindaría un mensaje de agradecimiento a los asistentes por las muestras de afecto y apoyo a la familia Domínguez Gómez.
Siendo sincero siempre he admirado la entereza que se requiere para quien da ese mensaje. He visto a algunos llorar, a otros quebrárseles la voz y por supuesto a quienes, como mi tía, manifiestan una entereza y estoicismo monumental para dar paso al recorrido del templo al panteón. Yo no sé si podría.
Fue una caminata bastante larga acompañados en todo momento de mariachi que entonaba las canciones preferidas del abuelo y algunas otras utilizadas frecuentemente en estos casos.
Seguramente cada uno recordando pláticas o momentos que tuvieron con el protagonista de ese triste día.
El desenlace de este relato llegó. La caja fue depositada en la cripta junto con un ramo de flores y fue sellada por las manos hábiles del amable trabajador del panteón que con gran destreza y práctica apiló los ladrillos uno a uno ante la mirada triste de seis hermanos convertidos en huérfanos de padre y una esposa convertida en viuda a partir de ese día.
De ante mano pido a una disculpa a la familia de mi madre: tías, tíos, abuela y primos. Platiqué con ella antes del viaje y le pedí su aprobación para poder relatar lo acontecido. No con ninguna otra intención más que dejar plasmadas las emociones de las cuales fui testigo y ejercer la pasión por la escritura que comparto con mi abuelo. Espero que está intromisión a su privacidad en un acto tan íntimo y personal no sea motivo de la crucifixión de un servidor.
Para culminar, considero que como sociedad debemos dejar la inercia que nos indica lo social y volver a enfocarnos en lo que verdaderamente importa y tiene valor como la familia y las personas que amamos.
Es muy triste ver e identificar en todos los velorios caras de arrepentimiento de familiares, amigos y conocidos que tal vez dejaron cosas pendientes con quienes dejan de existir.
Amen y expresen ese amor. Perdonen y perdónense ustedes mismos. No se guarden nada que el corazón está hecho para sentir. Vivan porque es completamente cierto que no sabemos cuándo dejaremos de existir.
Por.




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